
Desde la salida de Federico Trillo del Congreso no se había visto un político tan viscoso como José Bono, presidiendo una institución del Estado. Bono el relamido, el pedante, el repelente. Especialista en no decir nada de interés, y de decirlo desde la más convencida autosuficiencia. De verbo fácil que igual le sirve para justificar el pasado falangista de su padre, que denota un complejo de Edipo mal resuelto o confusión ideológica impropia de un demócrata, que para insultar la memoria republicana representada por unos 300 presos antifranquistas a los que se intentó homenajear el día 21de junio en el Congreso de Diputados. Magra ocasión que no desperdicio Bono para oportunamente hacerse notar y demostrar el fiel vasallaje al monarca que practica. Para ello amonestó a los asistentes con un juego de palabras: “la legalidad es el único imperio, ni la comodidad ni los sentimientos”, que nos retrotrae a la noche más profunda de las Cortes franquistas. Palabras quizás salidas de un cursillo acelerado de los discursos de los falangistas Esteban Bilbao, Antonio Iturralde y Alejandro Rodríguez Valcárcel, cuyos retratos todavía ambientan los pasillos del Congreso como fantasmas sin enterrador dispuesto a arrinconarlos entre la mugre de la Historia.
A este amigo del “star system” folclórico, de millonarios y de terratenientes entroncados con la más rancia y reaccionaria aristocracia manchega, le molesta la bandera tricolor. Enseña que en ese acto del Congreso se atrevió a censurar, y que representa la honradez, la decencia, y la memoria de la mejor España popular y antifascista. Y por si no lo sabe, también, el recuerdo de los socialistas que defendieron, hasta la muerte durante tres años de guerra y cuarenta más de propina, los anhelos de libertad, de igualdad y de justicia. Ideales que al cinismo utilitarista de José Bono, solamente le sirven para sacar en los días de mitin, a imitación del que efectúa su admirado cardenal Cañizares durante la procesión del Corpus por Toledo.
estas letras son igual que una foto.muy bonitas para un amigo que se fue.
Queridos Camaradas:
Mi nombre es Maria de la Paz Mateo, nacida en Ponferrada y actualmente resido en La Coruña.
Desde hace años trato de conocer y rescatar del olvido parte de su vida durante la Guerra Civil y posterior exilio en Chile.
Su nombre era DOMINGO MATEO DOBAO, nacido en Arnado – Villamartin de Valdeorras (Orense) en año desconocido(1894?), emigrante retornado de Cuba en el año 1931, en donde se formo en el socialismo, se establecio como pequeño comerciante en su pueblo natal (Arcos), militaba en el PCE y llego a formar parte de la candidatura a las Cortes de 1933 por Orense, bajo la denominación de “Frente Único”, tambien fué Presidente del Sindicato de Oficios Varios de Valdeorras (CGTU), y durante la Guerra Civil lucho por tierras de Galicia, Asturias y Aragon. Junto a su amigo y vecino Santiago Alvarez, formo parte de las “Milicias Gallegas”. Exiliado a traves de Francia, fallecio en Valparaiso (Chile) el 6 de Enero de 1968, dato conocido por la familia a traves del Consulado Español .
Recientemente, de forma casual, en la pagina de Internet de “Taller de Historia del PCE- Marusia” , con el titulo de “Un año de guerillas en Galicia” ,he localizado que, nuestro camarada y poeta Miguel Hernandez, a traves de “Pasaremos” organo de comunicación de la 11ª División , con fecha 12 de Marzo de 1938,en tierras de Aragon, le dedica un emocionalte relato que, por su contenido, me ha movido a iniciar una serie de gestiones para conocer mas detalles de su vida durante la Guerra como en su posterior exilio en Chile.
Es todo cuanto puedo aportar de momento y estare eternamente agradecida que me faciliten cualquier dato que me pueda orientar para seguir rescatando del olvido la historia de un hombre que dedico su vida y su familia a luchar contra el fascismo.
Un fuerte abrazo
Maria de la Paz Mateo
“Un año de guerrillas en Galicia”
TALLER DE HISTORIA DEL PCE “MARUSIA”
“Aunque el otoño de la historia cubra vuestras tumbas con el aparente polvo del olvido, jamás renunciaremos ni al más viejo de nuestro sueños”.
Miguel Hernández
Por MIGUEL HERNÁNDEZ
PASAREMOS. Órgano de la 11 División. 12 de Marzo de 1938.
Domingo Mateo
Domingo Mateo se llama. Es de la provincia de Orense, distrito de Valdeorras. Me le encuentro junto a su paisano Santiago Álvarez. Es un hombre de cuarenta y dos años, enjuto, con esa enjutez de piedra que dan los soles y los montes de España a los cuerpos trabajadores. Moreno, con unos ojos que se encienden alegremente cuando habla, con una alegría varonil, de hombre que sabe mucho de sufrimiento y de las cosas de la vida. Habla con el acento de dulzura que da a las voces de sus pobladores la naturaleza de Galicia: con una lentitud de lluvia lenta y buena.
Al enterarme de su procedencia, de su milagrosa incorporación al campo leal, quiero saber cuanto pueda contarme de lo sucedido en su región. Hoy, 11 de diciembre, sentados en una era, quitándonos el frío, en una sierra de Aragón, ante el sol de la mañana, Domingo y yo conversamos. Por la carretera vecina circulan fuerzas de nuestro Ejército, silbando, cantando, tosiendo, con los capotes y las mantas apretadas sobre el rostro, y el fusil sobresale detrás de sus cabezas con escarcha y con sol.
Domingo Mateo habla con sencillez, queriendo expresar con las manos aquello que no acierta a decir con la boca de momento. Inicia el relato:
“Un grupo de unos doscientos campesinos, al estallar la traición del fascismo, que ocupó Galicia casi por completo desde los primeros días, se reunió en Valdeorras y decidió pasar a Asturias, ya que se le venían encima numerosas fuerzas contrarias, a las que hubiera sido inútil ofrecer resistencia. El intento de paso a la región vecina quedó frustrado porque les cerraban por todas partes los sublevados. El grupo de los doscientos campesinos hubo de dividirse en tres, y uno de ellos consiguió filtrarse entre las filas enemigas y llegar hasta los frentes, donde los mineros asturianos empezaban a dictar una epopeya que nadie ha escrito todavía.
Domingo Mateo, hecho responsable de su grupo de campesinos, unos armados con escopetas, otros con cuchillos y otros con nada, hizo repetidos intentos de filtración por los montes de Lugo; pero una noche, atravesando las sierras, en uno de los intentos, tropezó con tan mala suerte en la oscuridad, que rodó por un terraplén y vino a disparársele la escopeta. La bala agujereó su mano derecha. Hubo de separarse del grupo que capitaneaba hasta la curación de la herida, y por este motivo perdió el contacto con sus compañeros, que tal vez pudieron salvar las enormes dificultades que las fuerzas reaccionarias ofrecían para entrar en la leal Asturias.
Domingo curó su herida en los chozos del campo con los procedimientos y medicinas usados por los lugareños. Luego se dio a indagar el paradero de los del grupo y no pudo averiguarlo. Pronto encontró otro núcleo de luchadores, internado y esparcido por los montes de las provincias de León, Orense y Lugo. Les habló de formar una guerrilla entusiasmadamente: algunos dudaban, otros se negaban, otros dijeron de seguirle, y, finalmente, logró decidirlos a todos, armarlos buena y malamente de escopetas y cuchillos, y comenzar una lucha sorda, expuesta, penosa, la lucha de los guerrilleros, de los hombres que ganan tantas batallas y no hay quien lo sepa sino ellos; no hay quien los anime, si no es su propio entusiasmo; no hay quien los alimente y les dé pólvora si no es su heroísmo solitario, rodeado por todas partes de peligros.
La guerrilla y los campesinos
En febrero de 1937, en una de las últimas tentativas de pasar a la tierra asturiana, fueron sorprendidos por las nevadas en el Puerto del Faro. El afán por entrar en terreno amigo les impulsaba a tramontar las cumbres. La nieve crecía, como si quisiera devorarlos: empezó por morderles los pies, ascendía silenciosa por sus piernas. Ellos continuaban subiendo en busca de las cumbres. Llegó un momento en que la nieve amenazó sepultarlos, enterrarlos sin tierra, en su frialdad devoradora. Y los guerrilleros, ante la tremenda amenaza blanca, para no hundirse, se dejaron caer rodando a lo largo de las pendientes cuajadas hasta los valles de Fonteformosa.
Domingo me pide que haga resaltar el compañerismo de los campesinos gallegos, quienes les auxiliaron y les atendieron en todas las necesidades creadas por su condición de hombres perseguidos. Compañerismo que llegaba a poner en riesgo de muerte la vida de dichos campesinos, porque los traidores mataban a quienes amparaban a los trabajadores que no se sometían servilmente. Me habla, además, del espíritu religioso de aquellas criaturas, para quienes Dios es una cosa tan pura que Domingo Mateo no se atrevía a distraer la inocente creencia, sabedor de que es el único apoyo espiritual del pueblo esclavizado y ciego.
- El día que esos campesinos tengan ocasión de comprobar los misterios de la naturaleza, podremos discutir a Dios con ellos -comenta Domingo con su voz de lluvia despaciosa.
- Esto es muy verdad, ¿eh? Cada vez que me acuerdo me corta la sangre. Iba yo en busca de más guerrilleros, ya que sabía podía encontrarlos y aumentar mi cuadrilla, compuesta de quince por aquel entonces. Era de día y no podía llevar la escopeta. En el camino oí llorar, y veo un muchacho, de unos doce años, doblado sobre una piedra, a lágrima viva. Cuando me acerco a él veo aparecer varios fascistas, y me escondo. Llegaron hasta el muchacho, le preguntaron por qué lloraba. “Choro porque acaban de matar a meu pai.” “Cala, neno, cala -replicó el fascista que le había interrogado-. Pronto vas parar de chorar.” Le hicieron varios disparos en la cabeza y calló el muchacho sin llanto, mudo, sorprendido en su dolor de niño pobre que va a llevar el remudo a su padre y le encuentra asesinado. Los fascistas pisotearon al niño y la ropa que llevaba, y sobre el cadáver, que enternecía a las piedras, tendieron el brazo como un puñal seco y gritaron, irritados por el dolor y el color de la sangre inocente: “¡Arriba España! ¡Arriba España!” Me sentí herido de rabia. No sé cómo tuve fuerzas para sujetarme en ellas. Cada vez que recuerdo al muchacho… (Domingo muerde una interjección con toda la fuerza de su vida).
María Quiroga
Pedro Quiroga, Eladio Rodríguez, Gerardo Núñez, Benjamín y Florindo… Estos son los nombres de algunos de los guerrilleros más combativos que figuraban en la guerrilla de Mateo. Unos han caído, otros quedan en Galicia, otros se encuentran entre nosotros con una firme voluntad de vencer al fascismo, a la invasión que intenta sojuzgarnos.
María Quiroga, hermana de Pedro, es la única mujer que acompaña a la guerrilla en sus aventuras. No interviene en ellas, pero es quien vela por la limpieza de la ropa de los guerrilleros y quien lava, cocina y zurce. Cuando el tiempo se desarrolla con rigores de lluvia, fríos o calores excesivos, queda oculta en la casa de algún campesino conocido, y, a veces, sola en las breñas. Alguna vez quedaba al cuidado del guerrillero que, en los largos recorridos y las expuestas labores de la guerrilla, salía herido o lastimado.
- ¡Qué mujer más fuerte y más decidida! Ni un caballo como ella -elogia Domingo-. Cuando pudimos entrar en Asturias, lo hicimos atravesando muchas asperezas y calamidades, y ella no desfalleció nunca.
Justicia popular
Los crímenes que veían cometer Mateo y sus compañeros a los fascistas, crímenes acometidos a diario, numerosamente, en los mejores hijos de Galicia, eran vengados por los guerrilleros, que buscaban y hallaban ocasión de tomar venganza en los jefes provocadores y propagadores de los innumerables asesinatos.
Domingo describe la bajeza inhumana de uno de los repugnantes cabecillas, al cual consiguieron cazar y eliminar. Era un campesino enriquecido, entregado a la pasión de acumular dinero. Traicionando su origen pobre, erigiéndose en uno de los primeros lacayos del capitalismo de una de las provincias gallegas. Desde el principio del movimiento empleaba sus actividades en perseguir, delatar, provocar la muerte o el encarcelamiento de los vecinos pobres que no secundaban sus intenciones ni artes. Este individuo, en una de sus muchas correrías con trazos ridículamente detectivescos, halló unas mantas que los guerrilleros tenían ocultas en el monte. Bajó con ellas al cuartel de la Guardia Civil, y alrededor de las mantas inventó una historia que le acusaba de valiente: según él, había conquistado las mantas en las manos de los guerrilleros, a los cuales, según su mentirosa historia, había hecho correr monte arriba a chinazos. Enterados los guerrilleros de la cuestión, fueron una noche a sacarle las mantas de la casa del bajo detective. En la plaza del pueblo advirtieron pisadas, y murmuraron ¡alto! de modo que sólo quienes se acercaban pudieran oírlo. Pero el ruido de un gatillo levantado raudamente les advirtió que aquéllos no venían dispuestos a detenerse. Hicieron fuego y abandonaron el lugar. Al día siguiente supieron que el individuo que les hurtó las mantas amaneció muerto en medio de la plaza.
En un Ayuntamiento de la provincia de León, dictaba órdenes sangrientas el alcaldillo del mismo. La guerrilla tuvo conocimientos de la maldad y se internó en los montes próximos al lugar donde residía el dañino. Y espera que te espera, hasta que le cogieron. Enterados los guerrilleros de que el alcalde había de hacer un viaje en determinada dirección, se pusieron al acecho cerca del camino por donde forzosamente había de transitar. Venía el tal entre varios falangistas cumplidores de sus tristes sentencias. Cuando le tuvieron a tiro, hicieron fuego sobre él, los otros huyeron, y el alcalde pretendía escapar herido entre unas peñas. Se le remató, se le arrojó a un río próximo al camino, y la corriente se llevó el cuerpo